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Contra el tren

Publicat: 3 / gen / 2006  |  Actualitat ferroviària

ANTONIO ALEMANY

Un lector me pregunta por qué le tengo manía al tren como se deduce de su inclusión entre los balances negativos del Govern. No sólo no le tengo manía al tren, sino que soy un entusiasta que lo utiliza en la Península siempre que puede. Mi entusiasmo ferroviario, sin embargo, limita con la racionalidad y decae cuando se trata de uno de estos clichés absurdos e irracionales que la izquierda, sorprendentemente, consigue imponer a la derecha y que ésta acepta acríticamente porque piensa, más absurdamente aún, que así obtiene el label de progresismo. Gobernar no consiste en hacer lo que indica la caverna socialo-ecologista, sino lo que es justo, racional y lógico.

El tren, como todos los medios de transporte colectivo, tiene perfectamente definidos los parámetros -distancia, viajeros potenciales y movilidad- que lo justifican. Y no es una casualidad que se cerraran todas las líneas ferroviarias mallorquinas con la excepción Palma-Inca. Las razones que justificaron estos cierres son exactamente las mismas que desaconsejaban el actual y fetichista revival. En un año, toda la red ferroviaria ha transportado tres millones y pico de viajeros. Las carreteras, en un día, tienen más de un millón de usuarios, es decir y tirando por lo bajo, 365 millones de viajeros al año frente a los tres millones del tren. Aquí, en lugar de crear un buen y frecuente transporte de autobuses -no hubiera costado un duro al funcionar en régimen de concesión- gastamos miles de millones en un sistema inadecuado y que nace, de hecho, muerto. Un estúpido y caro capricho políticamente correcto de la izquierda.

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