AAFB Tren de Sóller
Font original: Tren de Sóller

Tren de Sóller

Publicat: 2 / des / 2004  |  Actualitat ferroviària

ROMAN PIÑA VALLS

Me entero de que hubo en Palma hace unos días un debate en torno al futuro del tren de Sóller. Según el resumen de la información, todos los participantes convinieron en que nuestra reliquia más internacional, deberá llegar en un futuro al centro de Palma bajo tierra. Pues me parece de muy mal gusto.

Ahora que se ha anunciado la construcción de una línea de metro, con mucho aplauso de la opinión pública y de las fuerzas políticas en la oposición, parece que hay que subirse al carro de los soterramientos. Es muy lógico que unas vías de tren inexistentes, las del futuro metro, haya que enterrarlas, por no tirar abajo un centenar largo de edificios, por no hacer de la línea ferroviaria una montaña rusa. Pero es que el tren de Sóller está ya aquí. Estaba antes que los coches y que los carriles que quieren ponerle encima a modo de tapa. Es un patrimonio histórico y sentimental. Es una de las pocas presencias del pasado que adornan nuestra irreconocible ciudad siempre cambiante.

Los humanos necesitamos que algunos cachos de nuestra memoria, de nuestro paisaje, no cambien nunca. Del tren de Sóller lo único que estaría bien cambiar es el precio del billete. Pero si va a hundirse bajo tierra al acercarse a la urbe, si ya no vamos a verlo, la verdad es que ya nos da igual que sea el viejo tren de nuestra memoria o un último modelo de estética AVE. El tren de Sóller no existe para que nos subamos a él, sino precisamente para verlo. Es un adorno, una atracción turística. No hay que conservarlo porque haya que ir a Sóller o a Bunyola, que también, sino porque hay que vendérselo en postales a los turistas, porque, hay que decirlo, ahora que andan los sabios retocando el Estatuto, el tren de Sóller es un árbol sagrado sobre ruedas, es pura seña de identidad. O vendemos en postales el tren de Sóller o vendemos pornografía, que ya demostré en su día que no es autóctona sino húngara, o en todo caso catalana, que allí la industria del sexo está bollante, tan al alza como a la baja la calidad de su semen.

Lógicamente. Hoy que vemos Kiev por la tele, una ciudad rebosante de votantes y de tranvías, una ciudad que sólo conocíamos por aquí gracias a las canciones de La Búsqueda, en vez de consagrar la inviolabilidad de un tesoro felizmente vivo, nos sentamos a diseñar su sepultura. Mucho perderá Palma si pierde la estampa del tren traqueteante, deteniendo el tráfico, la postal del tren inmutable como hace cincuenta años, los andenes invadidos de turistas o de excursionistas en una estación austera y sombría, como una sorpresa esquinada en la marabunta del tráfago actual. Una ciudad con metro es una ciudad expuesta a más navajas en la oscuridad. Una ciudad sin tren es solamente arena en el desierto.

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