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Font original: Diario de Mallorca

Las clases sociales viajaban en el tren

Publicat: 3 / abr / 2014  |  Actualitat ferroviària

Eran otros tiempos. Hoy el tren ha igualado a sus usuarios. Todos van encajados como en una lata de sardinas en las horas punta. Ya no hay pasajeros de primera, con cómodos sillones como los que se mantienen en el de Sóller. Ni existe la segunda clase, con asientos acolchados para alivio de los traseros. También ha desaparecido la tercera, que quedó fijada en nuestros recuerdos por las películas de la posguerra que retrataban la convivencia de guardias con tricornio, civiles con boina y gallinas en cestas de mimbre. Hoy, el plasticazo nos iguala en los asientos de los campos de fútbol, de las salas de estudio y de los vagones

Los trenes de novela son los únicos que aún segmentan a sus viajeros en clase alta, altísima e inalcanzable (de 11.000 a 22.000 euros en el Transiberiano). Cuando allá por 1875 nacieron los Ferrocarriles de Mallorca, viajar desde Palma hasta Santanyí o Artà y viceversa se asemejaba a atravesar Norteamérica con el Transcanadiense, si nos atenemos a la escala de Mallorca. El tiempo necesario para llegar al destino podía prolongarse varias horas y resultaba lógico que quienes podían permitírselo compraran billetes de primera clase.

Los pasillos estaban pintados de color marfil y forrados con moqueta. El resto del espacio disponible se destinaba a compartimentos lujosos como el de la fotografía que acompaña este artículo. Dos grandes sofás de respaldo alto y tapizados a la última moda permitían a los pasajeros disfrutar de una cómoda tertulia con la que entretener las horas de viaje. En la parte superior estaban los portaequipajes. Una puerta acristalada y dos ventanas daban al pasillo, aunque los privilegiados usuarios podían optar por la intimidad que proporcionaban unas cortinas. Las maderas estaban adornadas con marquetería para proporcionar un toque de distinción a la estancia.

Las diferencias sociales se marcan hoy en los puertos deportivos, en los aeropuertos y en las urbanizaciones de lujo. Antaño quedaban establecidas incluso en los 50 metros de longitud de un convoy ferroviario entre Palma y Manacor.